lunes, febrero 06, 2006

Azul y sombra

I. Un día cayó una enorme chinica del monte y aplastó una casa, a un carretero y a sus dos bueyes. Eso es al menos lo que cuenta Juan Carmelo del Carmelo, un lugareño que huele el tiempo, “aunque no es el tiempo que pasa, sino el tiempo que hace”, suele precisar a los que se detienen junto a él y le preguntan “¿cómo anda hoy el tiempo, Juan Carmelo del Carmelo?”.

Y Juan Carmelo del Carmelo se atusa el pelo, levanta la barbilla y husmea el sabor del tiempo: “Hoy va a hacer bueno”, dice. El arte de oler el tiempo lo heredó Juan Carmelo del Carmelo de su abuelo paterno por parte de la rama de los Desaboríos que vinieron de Cieza cuando las inundaciones los echaron de aquellos lugares hace ya muchos, muchos años. Juan Carmelo del Carmelo huele y predice el tiempo desde niño y con mucho arte, porque oler el tiempo es un arte, según ha quedado evidenciado y dicho: “Los años y la experiencia; sobre todo, la experiencia”, dice.

Pero habíamos quedado en que una enorme chinica cayó del monte y sepultó una casa, a un carretero y a sus dos bueyes, según cuentan algunos otros que a su vez se lo habían oído a los de más atrás. Fue hace muchos años, sí, y, si se quiere saber más, se ha de allegar uno a la localidad de El Argaz, en la región de Murcia, y preguntar por la Chinica del mismo nombre. ¿La Chinica del Argaz? Sí, una chinica que un día cayó rodando del monte y se quedó hincada en un ubérrimo vergel de palmeras, oliveras y frutales que florecen bajo un castillo árabe que cuelga de un farallón al que conocen por la Atalaya. Desde allí arriba, se puede apreciar cómo el río viene entre áridas lomas y cabezos, se derrama por acequias y meandros, y germina este gran bancal antes de rodear al pueblo, dejarlo encimado sobre la huerta, y alejarse luego para el valle de Ricote flanqueado por verdes y oleados cañaverales. Por el verano los niños corren ávidos estas cortinas de revesadas cañas para arrojarse bulliciosos al agua y descender alborotados a nado por su cauce.

Pero de aquello de la Chinica hacía ya muchos años, según le comentó a un servidor Juan Carmelo del Carmelo cuando lo encontré sentado bajo una olivera en las afueras del pueblo. Juan Carmelo del Carmelo nos puso en antecedentes del suceso y nos participó también otras cuestiones con las que parece que pechaba con mucha aflicción.
- ¿Sabes que tras un holocausto nuclear sólo sobrevivirían las ratas porque son las únicas que están preparadas? -preguntó ante mi estupor, pues tampoco es que viniera mucho a qué.
- Pues no sé.
- Y fíjate que entonces Dios tendría que encarnarse y venir al mundo en el cuerpo de una rata, hecho rata, y algunos se escandalizarán, para que veas la poca humildad que tienen.

Y uno está ahí a su lado bajo la olivera, lo conoce aunque no mucho y sabe que no es un botarate zascandil; que lo que comenta puede sonar a despropósito, pero que él suele ser comedido y muy sagaz. Entonces bajas la vista al suelo, te agachas, rebuscas en la bolsa entre los cachivaches fotográficos, y piensa, piensa: hay que decirle algo para zanjar la situación porque crees que está equivocado. ¿O no? Vaya usted a saber: Vivimos en unos tiempos en los que cada día se sabe más y en los que cada día se sabe menos; en los que se disfruta de los avances técnicos como Internet, pero en los que el hombre sigue inquietándose por las mismas preguntas de siempre: ¿La vida tiene sentido?, ¿después de la muerte viene más muerte?, ¿por qué las mujeres entran juntas al cuarto de baño?

Imposible saber más, son misterios de la vida, aunque algunos otros los aparten subrepticiamente con el pie so pretexto de que lo absurdo no es que la vida no tenga sentido, sino que tenga que tenerlo. Más o menos lo mismo que contestaría una tostadora o un mono en el supuesto de que se lo planteara. Es obvio que a un mono le da igual que la vida tenga o no tenga sentido: él la vive y mono, digo y punto. Y un tostador tampoco se lo plantea mucho: los Monty Phython´s sí, aunque sea con humor. El hombre baja del árbol, se pone en pie, piensa y se pregunta: ¿Por qué esas dos se van juntas detrás del árbol? El mono come y caga, y no se cuestiona nada; Woody Allen sí, otro supuesto. !Qué envidia de aquéllas que, cuando descubren que su vida no tiene sentido, lo solventan comprándose unos zapatos! Caros, por supuesto. Aunque uno prefiera ya puestos tomarse un whisky, doble, y echar un polvo, porque con el zapato, ¿cómo te lo haces? ¿No es arriesgado darse gusto con el tacón?
- Pues no sé, don Carmelo, yo no había quedado en nada, yo es que de eso no fumo, pero me parece un disparate.
- Pues un disparate, mozo, es la suma de varias verdades parciales unidas por un loco.
- Usted es un filósofo, don Carmelo y ha equivocado el oficio porque en España abundan los filósofos, pero faltan fontaneros.
- Déjate de pamplinas y no creas nada, que la verdad está en cagar en cuclillas en el campo y en limpiarse el culo con una piedra.

Y entonces te recelas que es mejor dejarle las cosas claras, que eso que arguye y dice es muy común y, sobre todo, como muy conveniente, porque es lo que venía a concluir Voltaire cuando nos recomendaba que trabajásemos sin pensar y que cuidáramos nuestro jardín. Pero entonces la felicidad estaría en ser idiota y en tener trabajo, según le replicaron en su día. O quizás, que el cortesano francés había fundado, sin pretenderlo, la religión volteriana (laica, eso sí) de la misma talla y patrón que aquellas a la que Unamuno se refirió cuando decía que todas son buenas, “en cuanto que consuelan al hombre de haber tenido que nacer para morir”. Es decir, de no pensar y vivir sin más cuestiones. Pero dejémoslo estar. No anda uno con coraje para esmerilar estatuas y se tienen otros apremios.
- De acuerdo, don Carmelo, pero dígame qué sabe usted de la Chinica, buen hombre.
- Pues lo dicho: que un día cayó del monte y aplastó la casa, a un carretero y a sus dos bueyes.

Capítulo I de la novela "Azul y sombra" de Antonio F. Marí­n.
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